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Opinión

El premio de la traición

RAYO DE LUNA | por Raquel Cubero Calero, periodista

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RAYO DE LUNA| Por RAQUEL CUBERO CALERO, periodista

“Roma no paga traidores.” ¡Si Viriato levantase la cabeza…! El mundo evoluciona, la sociedad avanza, pero el hombre sigue siendo el mismo ser genial, imperfecto, generoso, ruin, leal o traidor… en su esencia más profunda, desde el origen de los tiempos.

Cada cual es como es y, probablemente, esa forma de ser de cada cual sea una mezcla derivada de aspectos genéticos o biológicos, de experiencias vitales, de educación y de cultura. Lo que sí debemos tener claro es que existen buenas y malas personas. Y así es desde que existe la humanidad.  

La ecuación se complica cuando las sociedades llegan a un estado en que no solo consienten la maldad, sino que además la premian. Es más que probable que cada lector conozca algún caso en primera persona: el típico compañero “trepa” que no duda en pisotear a los demás por escalar un puesto en una empresa o en una institución, el conocido manipulador que logra mover los hilos a su antojo sin ningún tipo de escrúpulos para conseguir sus propósitos a pesar de que no sean lícitos o éticos, etc., etc. Pero entre todos los casos posibles, el traidor es el más vil. Y lo es porque se aprovecha de la cercanía y la confianza que le han sido depositadas para vender a su “presa” bien por treinta monedas, bien por un beneficio personal o bien por un puesto político.

Decía el preclaro Edmund Burke en sus reflexiones sobre la revolución francesa que “para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”. Y hoy, por desgracia, cada vez con más frecuencia, los buenos no hacen nada.

Sin duda, la mejor arma contra la traición es la justicia. Y la justicia existe. Seguramente no será políticamente correcto expresar incredulidad en la justicia de los hombres porque, construida por ellos, puede ser igual de imperfecta, sesgada o interesada. Cristo fue juzgado por los hombres y condenado a la Cruz. Si embargo, existe otro tipo de justicia muy superior de carácter divino que en verdad es justa y como tal, tarde o temprano acaba sembrando sus valores y preceptos.

Quizás si los hombres buenos no hacen nada es porque tal vez no sean tan buenos. No obstante, y a pesar del inmovilismo de una sociedad que mira para otro lado en demasía, el traidor no debe confiarse, porque cada Judas tiene sus treinta monedas pero también, un árbol y una soga esperándole.

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Opinión

Chanquete ha muerto

OPINIÓN| Raquel Cubero Calero, Periodista

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Domingo, 7 de febrero de 1982, España se paraliza frente al televisor. “¡Chanquete ha muerto!” gritaba con voz desgarrada un jovencísimo Pancho, para advertir a sus amigos de la muerte de uno de los personajes más míticos y entrañables de la historia de la televisión española. Y aquella España de los veranos cálidos interminables en la que muchos jóvenes vivían su primer amor, de los viajes por carretera de doble sentido con los turismos cargados de forma inverosímil, del milagroso “zumo” Tang que se elaboraba en casa a base de unos polvos con sabor a naranja que nos parecían una auténtica delicia, de los domingos de piscina en familia con tortilla de patatas y filetes empanados, de abnegados rodríguez, y de pandillas de amigos que pedaleaban horas y horas cada día recorriendo las calles de sus pueblos de veraneo… aquella España inocente, sencilla, trabajadora y solidaria, lloró al unísono frente al televisor.

Ya han pasado 40 años de aquel Verano Azul en el que el genial Antonio Mercero unió a todos los españoles como una gran familia. Ahora, las “pandis” no viajan en bicicleta, sino en Falcon. Ahora, los jóvenes -en general- han cambiado las calles por las consolas. Los rodríguez se extinguieron y los filetes empanados y la tortilla de patatas que con tanto amor preparaba la abuela, dejaron paso a la comida rápida preparada.

Ahora ya no somos tan inocentes. El devenir de la historia marcado estratégicamente por gurús doctorados en ingeniería social nos ha ido arrancando la inocencia a girones. La sociedad, en general, se ha adormecido. Vivimos en un estado de confort ficticio donde ni somos más libres ni somos más felices.

Hubo un día en el que la inocencia nos permitió llorar juntos por la muerte de Chanquete. Hoy, nuestros ojos como sociedad se han encallecido de observar la continua barbarie que nos muestran los medios de comunicación. Cada día vemos muertos tirados por las calles de Ucrania. Vemos España arder por los cuatro costados. Somos testigos consumidores de injusticias y atrocidades. Pero nuestra retina se ha endurecido y ahora ya no lloramos.

Chanquete murió hace cuarenta años y con él comenzó a morir, también, una parte de nosotros. Desconocemos qué nos deparará el futuro, pero para quienes tuvimos el privilegio de disfrutar en familia de aquellos largos veranos azules, de vivir algún amor de verano y de pedalear junto a nuestra pandilla porque las bicicletas eran para el verano, siempre nos quedarán los recuerdos que nos humanizan y nos trenzan como sociedad.

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Opinión

Manos manchadas de sangre

OPINIÓN| Por Javier Algarra, periodista

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Veinticinco años ya de ese mes de julio de 1997 en el que ETA secuestró y asesinó a Miguel Ángel Blanco. Con las mejillas laceradas por esas lágrimas que le arrasaron, el cuerpo del joven concejal de Ermua fue localizado en un bosque de Lasarte, después de que, con las manos atadas a la espalda, fuera obligado a ponerse de rodillas. Por la espalda, sin mirarle a la cara, Francisco Javier García Gaztelu, alias “Txapote”, le pegó dos tiros en la cabeza.

El asesinato de Miguel Ángel Blanco fue en represalia por la brillante operación de la Guardia Civil que consiguió rescatar con vida a José Antonio Ortega Lara, que pasó 532 días secuestrado por los terroristas. Su liberación fue posible gracias a la tenacidad del entonces capitán de la Benemérita Manual Sánchez Corbí que, cuando el juez Garzón daba por finalizada la operación de rastreo en una nave industrial de Mondragón sin haberle localizado, insistió en continuar el registro y mover una pesada maquinaria, bajo la que apareció el agujero de entrada al zulo. El terrorista detenido Josu Uribetxeberría Bolinaga se negó en el lugar a revelar la localización del zulo, dispuesto dejar morir de hambre al secuestrado. Ese mismo Bolinaga que, por cuestiones humanitarias debido a su estado de salud, fue excarcelado en agosto de 2012, aunque aún sobreviviría dos años y medio, tomando txiquitos por San Sebastián, hasta su fallecimiento en enero de 2015.

Los pistoleros de ETA son criminales. Y es inconcebible que Pedro Sánchez negocie con los albaceas del terrorismo, con los que brindaban con champán cada vez que ETA asesinaba a algún inocente.

Solo los dictadores legislan sobre el pasado y pretenden reescribir la historia para presentar como víctimas a quienes fueron los verdugos. No se puede blanquear el pasado criminal de ETA. La memoria de las víctimas exige recuerdo, dignidad y justicia. Jamás olvidaremos quiénes son y lo que hicieron. No podemos estrechar la mano de quienes las tienen manchadas de sangre.

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Opinión

Querido Miguel Ángel

OPINIÓN| Por Carlos Díaz-Pache, Viceconsejero de Transportes e Infraestructuras de la Comunidad de Madrid

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Querido Miguel Ángel:

Hace 25 años, mientras unos cobardes te quitaban la vida, yo era un joven de 18 años que vivía en Galicia y que se sobrecogió con el secuestro, las amenazas y tu asesinato a cámara lenta. Seguí, como toda España, esas horas inciertas por la radio y la televisión, con el corazón en un puño y la esperanza de un feliz desenlace. No fue así, y la rabia y la indignación que sentí la vi también, multiplicada, por toda España. Había nacido el Espíritu de Ermua. En el País Vasco, en Navarra, en Madrid, y por todo el país, aquellos que en otras ocasiones, por miedo, habían tenido que bajar la mirada ante los matones, se vieron tan reconfortados y acompañados, que por fin pudieron alzar la voz. “¡ETA, escucha, aquí tienes mi nuca!” gritaban con fuerza y determinación, hartos de la amenaza, el chantaje y la violencia.

Jamás pensé que años después tendría la oportunidad de conocer y tratar a tu hermana, a la que durante esos días todos vimos en televisión, completamente rota. Ni que conocería y gozaría de la amistad de otras víctimas, como Daniel Portero, a quien los mismos cobardes arrebataron a su padre de dos tiros por la espalda por defender la ley y ser una persona decente. O a muchos otros a los que hicieron la vida imposible quemándoles el coche o la casa, y a algunos a quienes intentaron matar sin éxito. He tenido la suerte de conocer a concejales, periodistas, policías, militares, y familiares de todos ellos que me han contado cómo era sobrevivir y defender la libertad en esa tiranía.

Querido Miguel Ángel, tu muerte supuso el principio del fin de la banda que desde ese día fue perseguida en todos los frentes posibles: económico, policial, judicial, legislativo, y social. ETA lo tuvo muy difícil y terminó anunciando primero que dejaría de matar, y unos años después, su disolución final. Matándote a ti, habían empezado a destruirse a ellos mismos.

Lamentablemente, no todo son buenas noticias. De la misma manera que nunca imaginé conocer a gente tan extraordinaria, jamás pensé que 25 años después de esos días, la mayoría de los jóvenes españoles no sabría quién fuiste, ni que vería al Gobierno de España pactando con los herederos de quienes te dispararon a traición y mataron también a socialistas valientes como Fernando Múgica, Fernando Buesa o Ernest Lluch.

Tampoco pensé que me vería contando votos en un pueblo del País Vasco bajo la mirada y la sonrisa de los representantes de Bildu, partido formado por etarras y otros que nunca han condenado su violencia, mientras sus montones se hacían más y más grandes, y los votos del PP o el PSOE eran residuales.

Pero el pacto del gobierno de Sánchez para reescribir la historia de la transición ha sido demasiado. La mayor infamia política de la historia reciente de España pretende que los amigos de los asesinos nos digan que la transición no fue un ejemplo de reconciliación y que ETA tenía explicaciones políticas.

Afortunadamente, Miguel Ángel, la memoria es individual, no colectiva, y yo recuerdo bien cómo unos vascos terroristas trataron de aniquilar a otros vascos que no lo eran. Recuerdo un proyecto totalitario, racista y excluyente que sigue vivo porque quienes persiguen los mismos objetivos, y no condenan los medios violentos, cada vez son más poderosos. Condicionan al gobierno de España y están muy cerca de gobernar en un País Vasco donde los homenajes a los asesinos y el acercamiento de los presos les pone de nuevo en una situación favorable.

Por eso es importante que sigamos hablando de ti, que te convertiste sin quererlo en miembro de todas y cada una de nuestras familias. Que hablemos de Gregorio Ordoñez, de Manuel Zamarreño, o de tantos otros héroes que dieron su vida por los demás. Mientras sigamos recordando, no habrá ley que consiga imponernos una realidad falsa para pervertir nuestro futuro, porque la mejor ley de memoria democrática es la Constitución de 1978, que fue y es el mejor instrumento para que todos vivamos en paz y libertad, a pesar de los salvajes que mataban, los cobardes que les ayudaban y los miserables que siguen sin condenarlo.

Hasta el año que viene, amigo.

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