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Opinión

En defensa del mérito

OPINIÓN| Por Carlos Díaz-Pache, Viceconsejero de Transportes e Infraestructuras de la Comunidad de Madrid

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Los mileniales se han dado cuenta de que la meritocracia no existe y no importa lo duro que trabajes’. Así titulaba un suplemento de El País su entrevista a Anne Helen Petersen, la autora de un texto que ha causado cierto revuelo porque describe cómo esta generación se ha convertido, en su opinión, en la generación quemada.

Adultos que trabajan muchas horas, que están siempre cansados y son incapaces de abordar las tareas sencillas del día a día, que se sorprenden y enfadan por no alcanzar unos estándares vitales que les habían prometido y que no están llegando. Algunos de estos adultos insisten en que les dijeron que si se esforzaban, todo saldría bien. Que si estudiaban, tendrían un buen empleo. Que si trabajaban mucho, ascenderían. Que el mérito siempre tiene recompensa.

Y según la autora, se han dado cuenta de que no es así y ahora creen que el mérito es mentira, que aquí solo triunfan los hijos de quienes tienen mucho dinero, es decir, aquellos que se pueden permitir fracasos sucesivos sin que eso condicione su vida futura.

Esa visión refleja una idea simple de la realidad con dos perspectivas. Por un lado, la de aquellos que derivan la responsabilidad de sus miserias o sus fracasos a los enemigos clásicos de los pobres: la sociedad, los ricos, el sistema, el capitalismo, o quizás alguna potencia extranjera. Por otro, la de quienes presumen, muy ufanos, de la autoría exclusiva de sus éxitos: ha sido su trabajo, su esfuerzo abnegado y constante, el que les ha llevado a la cima. Y por tanto no deben nada a nadie.

De estos segundos habla Michael Sandel para describir la tiranía del mérito: si eres el único responsable de tu éxito, también lo serás de tu fracaso. Esto añade una enorme presión a aquellos que sienten que no están alcanzando sus objetivos, y puede llevar a esa sensación de angustia vital que describe la escritora estadounidense.

Pero las realidades sociales no son tan simples, y no se pueden estudiar desde un único punto de vista. El éxito no depende sólo del mérito ni el fracaso del demérito. Existen muchas y variadas causas que afectan al resultado final, y no podemos pretender conocerlas, comprenderlas, ni mucho menos controlarlas todas. El dinero familiar, la formación de tus padres, la posición que ocupas respecto a tus hermanos, tu lugar o año de nacimiento, tu colegio, tus vecinos, o la biblioteca que tienes en casa, son factores que contribuyen a lo que serás en el futuro. Y, por supuesto, también la suerte.

Pero no se puede caer en la trampa de pensar que el mérito no cuenta, que el esfuerzo es en vano. El esfuerzo es determinante. Estudiar mucho no te garantiza un buen trabajo, pero en España, quienes tienen estudios superiores sufren solo un 9% de paro frente a 32% de los que no terminaron la educación primaria.

La obsesión socialista con devaluar los títulos académicos, y su obstinación con pasar de curso a todo el mundo, independientemente del número de suspensos que haya obtenido, alimentan esa idea de que esforzarse no merece la pena. Y con eso consiguen tres objetivos: igualar por abajo, provocar la desidia, y ceder toda esperanza de mejora a un tercero. Al Estado. Al gobierno. A ellos. Mejorará el que reciba una subvención, un subsidio, o un piso de protección oficial. Y ese un mensaje terrible.

El futuro es incierto, a veces injusto, y siempre desconocido, y tu esfuerzo no te llevará necesariamente a donde quieras llegar. Pero merece la pena inclinar la balanza a tu favor todo lo que puedas. Trabajando, estudiando, aprovechando las oportunidades, siendo valiente y creativo. Adaptándote a tu realidad, jugando tus cartas lo mejor posible. Muchos no lo harán. Tendrán ventaja los que sí.

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Opinión

Los presupuestos de la libertad

OPINIÓN| Por Almudena Negro Konrad, Diputada del PP en la Asamblea de Madrid. Portavoz Comisión de Control de Radio Televisión Madrid

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Isabel Díaz Ayuso ha presentado sus primeros presupuestos. Unas cuentas públicas que buscan la dinamización de la economía madrileña, al tiempo que bajan impuestos y garantizan los mejores servicios públicos. El 88% del gasto va destinado a gasto social, especialmente en Sanidad, Educación, Familia y Servicios Sociales. Así, en Sanidad se hace especial hincapié en la Atención Primaria, la Salud Mental y la reducción de listas de espera. También se invertirá en la mejora de nuestra red de hospitales públicos o en los centros educativos. Apostaremos por la maternidad, como anunció la presidenta. Además de, en materia de transportes, prologar la línea 3 del Metro de Madrid, modernizar toda su red o construir nuevos intercambiadores.

De los más de 23.000 millones con que cuenta este presupuesto, que a diferencia de los de Sánchez ha recibido el visto bueno de la AIREF, solo mil corresponden a los Fondos Europeos.  La única partida que baja es la del pago del interés de la deuda, porque en Madrid se gestiona bien.

Bajaremos nuevamente impuestos. De hecho, la reducción será la mayor de toda la historia, reduciendo en medio punto la tramitación en la parte autonómica del IRPF para todos, lo que permitirá a las clases medias y bajas tener mayor renta disponible en estos momentos de zozobra causados por el gobierno de Pedro Sánchez, que tienen su reflejo en la subida de la luz, el gas y el IPC.

Pese a las críticas de la izquierda, que considera que todo se arregla exigiendo más recursos, o sea, más impuestos, lo cierto es que el secreto de Madrid no solo reside en la bajada de impuestos desde hace lustros, sino también en la eficiencia en el gasto. En Madrid cada euro se gasta bien y se respeta la estabilidad presupuestaria. Eso es lo que nos permite, además, ser solidarios con otras regiones españolas menos favorecidas. De hecho, Madrid es la región más solidaria de España.

Los presupuestos de la Comunidad de Madrid para 2022 combinan prudencia presupuestaria y tributación reducida junto con la aplicación de una política económica tendente a facilitar la actividad empresarial, pieza clave para impulsar el crecimiento y la creación de empleo, así como para garantizar unos servicios públicos de calidad en nuestra región. Y, por supuesto, cuentan con la garantía de prosperidad y modernización que es el Partido Popular. Son los presupuestos de la Libertad.

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El pasado abierto en canal

OPINIÓN| Babel, por Alfredo Urdaci. Periodista

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Ahora que los presos terroristas están cerca de casa, ahora que todos tienen al menos el tercer grado, lo que queda del socialismo y los nuevos comunistas quieren abrir el pasado en canal. En cirugía se llama cortar por donde está la marca de la cicatriz. La transición, esa obra de los falangistas y de los comunistas, los de Carrillo, los del eurocomunismo que inventó Enrico Berlinguer para escapar de la invasión de Hungría, y de los tanques en Praga, firmó la reconciliación con los camisas azules.

El socialismo en esa época de España no existía. No es extraño, por tanto, que piensen que aquella transición, modelo de reconciliación, fuese una renuncia, un cierre en falso. Lo pensaba Zapatero, que ahora amasa millones del petróleo venezolano. Fue el autor de la primera fisura. Como no sabía de nada, y menos de historia, le pareció que era fácil dejar una huella sentimental y lacrimógena como obra de su mandato. Nos dejo la ruina y el primer giro hacia una época maldita. La transición, decía en su delirio, había sido una rendición temporal y oportunista. Había que volver a la república, aquel régimen imposible, porque no se hizo para convivir sino para aplastar a la otra España.

Esta segunda ofensiva tiene más carga. Los que quieren anular la transición son, básicamente, los que no la hicieron: los que pensaban en una república socialista en las provincias vascongadas, los pistoleros del Frap, y cuatro señoritos de ese socialismo que siempre vio con admiración la rebosante testosterona de los pistoleros. El señorito de la rosa no cogía el hierro por no mancharse, y porque su objetivo siempre fue el de tener una buena cuenta en Delaware y jugar a la historia mientras los demás se despellejan. Estamos en las peores manos, pero todavía no sabemos la profundidad de su maldad.

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Nuestros ángeles custodios

OPINIÓN| Balcón con vistas, por Javier Algarra. Periodista

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Los policías son nuestros ángeles custodios. Tal como consagra nuestra Constitución, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado tienen como misión proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana.

Es atribución del Estado el monopolio legítimo del uso de la fuerza, que se ejerce a través de nuestras unidades policiales, y que emana de la propia sociedad, que delega esa capacidad para ser utilizada en defensa del orden público frente a todo tipo de agresiones.

Una sociedad libre y democrática debe garantizar la seguridad de sus ciudadanos, el libre ejercicio de sus derechos y el imperio de la convivencia pacífica. Y para eso existen las leyes, cuyo cumplimento garantizan nuestros agentes del orden.

Pero flaco favor le hace a la convivencia pacífica un gobierno que legisla en favor de los violentos y limita la capacidad de actuación de aquellos que tienen como misión su salvaguarda.

La reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana que están aparejando PSOE y Podemos permitirá las manifestaciones “espontáneas” sin necesidad de comunicación previa, restringirá el material antidisturbios, aplicará multas en función del poder adquisitivo del sancionado, cuestionará la veracidad del atestado policial, reducirá a dos horas, en lugar de seis, la permanencia en comisaría para ser identificado, limitará los cacheos y registros personales y permitirá la toma y difusión de imágenes de los agentes en el ejercicio de sus funciones en manifestaciones y operativos.

Nuestro gobierno prepara una Ley que garantizará la impunidad de los violentos y restringirá la capacidad de la policía para combatirlos, y hasta les amenazará con ser ellos quienes cometan delito si intentan reprimir sus actos vandálicos.

En España tenemos políticos que se emocionan cuando ven a los radicales pateando a un policía, que aplauden y alientan las protestas callejeras violentas, e incluso algunos condenados, justamente, por agresión a los agentes del orden.

Algo debemos estar haciendo mal en nuestra sociedad cuando permitimos que quienes nos gobiernan llamen libertad a la agresión, y califiquen de represión a la defensa del orden.

Todo nuestro apoyo a nuestros policías y guardias civiles. Ellos sí merecen nuestro respeto, aplauso, gratitud y admiración. A pesar de este gobierno, seguirán siendo los ángeles que velan por nosotros.

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